martes, 2 de septiembre de 2014


Roberto O’Farrill Corona

Ver y Creer

“San Agustín”

Tan famosa como desconocida es la expresión de san Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Famosa, porque es conocida de todos; desconocida, porque muchos ignoran a qué se refiere, y a algunos hasta les parece contradictoria. Para comprenderla habrá que expresarla en su totalidad: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor, si perdonas, perdonarás con amor”. Así se comprende que cuando se pone amor en todo lo que se hace, se hará bien.

San Agustín, quien fuera obispo de Hipona -hoy Argelia- es un fascinante Doctor de la Iglesia que la primera etapa de su vida la pasó como casi todos los jóvenes, aunque luego, a partir de su encuentro con Dios, fue cuando Dios pudo hacer, con amor, grandes cosas en él, mostrándole la verdad que tanto se había empeñado en buscar, al punto de llegar a afirmar que la verdad no se busca, la verdad nos encuentra.

Dios quiso dejarnos por mucho tiempo a este hombre de conspicuas ideas, portentosa mente y excelsa elocuencia. Nació en Tagsate, al norte de África, en lo que hoy es Argelia, el 13 de noviembre del año 354 y murió casi 76 años después, el 28 de agosto del año 430 durante el sitio de Genserico -rey de los vándalos- puso al puerto de Hipona.

Agustín aprendió de Patricio -su padre- a aborrecer a los cristianos, aunque también aprendió de Mónica -su madre- a conocerlos y a amarlos. La esposa y madre logró convertir al esposo y al hijo; a Patricio al final de su vida y a Agustín al término de su adolescencia.

De joven, se interesó en la literatura, estudió para abogado y dio clases de retórica, pero también se entregó con exceso a los placeres. A los 19 años se enamoró de Cálida, una esclava con la que mantuvo una relación de 14 años sin poder casarse por su condición de esclava y con quien engendró a su hijo Adeodato. A los 20 años se enredó con diversas corrientes filosóficas y esotéricas griegas en su apasionada búsqueda de la Verdad, pero como no lograba distinguirla del error, cayó en el escepticismo. A los 30 años viajó a Milán, en el 384, para dar clases de retórica.

Fue en Milán donde Agustín se encontró con la Verdad tras escuchar los sermones del obispo san Ambrosio y de Simpliciano, un presbítero milanés. En el 385 Mónica se reunió con él para acompañarlo en su conversión. En el 386 conoció los escritos de san Pablo y quedó convertido cuando leyó: “No en comilonas ni en embriagueces, no en lechos ni en liviandades, no en contiendas ni en emulaciones, sino revestidos de nuestro Señor Jesucristo, y no cuiden de la carne con demasiados deseos” (Rm 13, 13). Estas palabras fueron como si una luz de seguridad se hubiera encendido en su corazón, desapareciendo para siempre las tinieblas de sus dudas. Así se convirtió a la fe y recibió el bautismo el 27 de abril del año 387.

De regreso a Tagaste repartió sus bienes entre los pobres y se retiró con unos compañeros a una pequeña casa para llevar vida monacal. En el 391 viajó a Hipona para fundar un monasterio. Allí, el obispo Valerio lo ordenó sacerdote y tras su muerte le sucedió en el cargo en el 395. La residencia episcopal la transformó en un monasterio, predicó por todas partes, escribió más de cien obras y presidió varios concilios. Allí también murió, pues no quiso huir del ataque de Genserico.

De sus escritos se destacan: “La Santísima Trinidad”, “La ciudad de Dios” y “Las Confesiones”, donde se lamenta de los vicios y pecados de su vida, revela sus experiencias con san Ambrosio -de quien aprendió que la Fe es demostrable y probable- reconoce que los libros de filosofía le enseñaban la verdad pero nunca la humildad, relata su proceso de conversión hasta el bautismo y explica los grados del conocimiento de Dios cuando afirma que “sólo en Dios está la verdadera bienaventuranza que todos apetecen, aunque no todos la buscan por los medios legítimos”, agradece a Dios por su conversión al cristianismo y concluye con la expresión: “Señor, es a ti es a quien se debe pedir, en ti es en quien se debe buscar, a ti es a quien se debe llamar: así se recibirá, así se hallará y así se abrirá”.

Sus restos-reliquia reposan en su basílica, en la ciudad de Pavía, en Italia, donde todavía resuena su gran legado de fe: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

martes, 7 de agosto de 2012

Reflexiones del Padre Alberto


DOMINGO XVIII ORDINARIO.
(05 de Agosto de 2012)
Juan 6, 24-35.
“Señor, danos siempre de ese pan...”


Este domingo nuestra Fe nos ha congregado para expresarle al Señor nuestro respeto y deseo de conocerle, de servirle y agradarle, y quizá de solicitarle algún favor. Dios mira complacido la búsqueda que hacemos de su persona y nos escucha siempre atentos. En este día su mensaje nos señala la tendencia a considerar a Dios solamente como una fuente del bienestar personal y no tanto como un apoyo espiritual permanente.

En el evangelio de hoy, tenemos la continuación del pasaje de la multiplicación de los panes. Luego de aquella jornada en la que Jesús estuvo al lado de la multitud que lo buscaba,  compartiendo su tiempo y enseñanzas, y donde realizara para ellos el milagro de los panes, se ve nuevamente asediado por la gente. Aquellos panes y pescados milagrosos llevaban la huella de la bondad del Señor por sus hijos que padecían hambre.  Pero nadie la pudo descubrir; todos los que comieron hasta quedar satisfechos en su cuerpo, en sus necesidades vitales, quieren permanecer al lado de Jesús para verse de nuevo beneficiados con otros prodigios, y Cristo sentencia: “No me buscan por haber visto signos, sino porque comieron pan hasta saciarse”. Es decir, “No han sabido sustentarse de los signos de  Dios, sino del alimento que nutre  el cuerpo solamente”.

El verdadero alimento. Jesús aconseja a quienes lo buscan con curiosidad,  que el verdadero alimento que fortalece y engrandece  a la persona es el que  damos  a nuestro espíritu.  Cristo, a lo largo de su vida  hizo muchos milagros, y en cada uno de ellos estaba el sello de Dios; en cada uno de ellos había motivos para reconocer la grandeza, poder y bondad de Dios,  y todos eran dignos de alabanza. Pero para la gente los milagros solo eran  motivo de alegría y admiración, eran pocas, muy pocas las personas que a partir de ellos  se entregaban a creer en Dios.
Lamentablemente en nuestros días, no hemos cambiado mucho, o tal vez hemos rebasado con mucho lo que Jesús vio entre quienes lo buscaban, porque muchos ya ni siquiera buscan a Dios, por estar ocupados consigo mismos.
En estos días,  la publicidad nos despierta el apetito de los sentidos, queremos ver, tener, y hacer. Apoyados en ese gran don que Dios le dio al hombre, la libertad, tendemos a pensar que tenemos derecho a cualquier cosa, vestir bien, a calmar nuestros apetitos, incluso a llevar a cabo excesos y atropellos a la dignidad de los que más cerca están de nosotros; se nos ha hecho creer que debemos poner todo nuestro cuidado en el bienestar de nuestro cuerpo, nuestra apariencia física debe ser casi perfecta, sin sobrepesos ni arrugas, ni canas, siempre lucir muy joven. Hoy se nos enseña una opción de vida “de calidad”, que exige el bien material; si no se cuenta con los recursos para allegarse lo que se anuncia, no eres feliz, no vales. Hoy la grandeza de la persona se reduce a la apariencia física, a lo superficial, al cuerpo.  ¿Y nuestro Espíritu? ¿De qué manera lo cuidamos? En estos días,  hay hambre de todo, menos de Dios.

 “No busquen el alimento que se acaba, sino aquel que dura para la vida eterna”, nos dice Jesús en el Evangelio. ¿De qué nos sirve tener una figura perfecta, o poseer todo lo que dicen que es necesario para ser feliz, si no tenemos nuestro espíritu fortalecido con la Palabra de Dios?
 Jesús obsequió pan a la multitud aquella, pero con el fin de  que desearan otro tipo de pan. Jesús deseaba que una vez visto el poder del Hijo, aspiraran a conocerlo más y unirse a Él. Pero ellos siguieron  ubicados en lo material, en lo terreno. Igual que nosotros.
La misión de Jesús en el  mundo no era deslumbrar a todos con panes y pescados en abundancia, sino dar a conocer a Dios. Y en la actualidad, Él está cerca y atento de nosotros, pero no para cumplir  peticiones y resolver nuestros problemas únicamente, como nunca ha dejado de hacerlo, nos acompaña para que comprendamos que su presencia es un don, un regalo muy valioso para nuestra vida. Esos signos que Dios nos hace casi a diario, pueden pasar inadvertidos para quienes solo se ocupan de sus necesidades materiales.

El alimento espiritual, ¿cómo adquirirlo? En el Evangelio la multitud busca a Jesús, porque esperaba mucho más para su beneficio; en estos días es notorio que buscamos a Dios la mayoría de las veces, en nuestras necesidades, si contamos con el tiempo para ello, o si nos sentimos dispuestos a ello (“si nos nace”); nuestro tiempo lo empleamos en ocupaciones y deberes, el trabajo,  la escuela, la diversión y esparcimiento propio de estas vacaciones, en todo aquello que representa un bien personal. Atendemos con esmero nuestro cuerpo y qué bien que así sea, porque la salud es un don de Dios, que como todos ellos, debemos cuidarlos y multiplicarlos. Pero no debemos descuidar el Espíritu, el alimento para el alma. ¿Cómo podemos alimentarnos espiritualmente? La Eucaristía es el gran momento en el que Jesús nos ofrece el alimento de su cuerpo, el Pan de Vida. “Qué larga y aburrida la misa”, “qué calor hacía”, “no pude escuchar nada”, llegamos a comentar; pero qué corto nos resulta el tiempo de la película o programa favorito, los momentos con quien nos alegra. La oración es una de las más bellas expresiones de la Fe. La oración, para algunos es complicada y monótona, propia de personas mayores; en cambio la reunión familiar, los comentarios faltos de caridad  hacia los demás no son nada monótonos. La lectura de la Biblia,  es acercarse a Jesús como uno más de aquellas multitudes que deseaban conocerle, pero nos resulta confusa y le guardamos respeto a nuestro ejemplar de las Escrituras que tenemos en casa, y nada complicado nos parece leer los libros de moda, sobre todo aquellos que supuestamente revelan lo que la Iglesia nunca ha querido enseñar. Las visitas al Santísimo. No visitamos el Sagrario para conversar con Dios tranquilamente, pero sí a la novia, y amigos porque de lo contrario, hay problemas, si  descuidamos el trato con los que apreciamos, la relación se deteriora. ¿Y nuestra relación con Dios en qué términos se encuentra? Los convencionalismos, las modas, la publicidad,  no deben llevarnos a dejar fuera de nuestra vida a Dios, ni a olvidar el deber de alimentarnos de Él.

El Pan de Dios asegura nuestra vida en el mañana. El Evangelio de este día puede ser un reflejo de nosotros, quienes nos dirigimos al Señor solicitando algo, esperando algo por motivos muy justos y nobles, teniendo el corazón vacío de Él. Sin ningún hambre de su persona. ¿Cómo nos atrevemos a pedirle a Dios, cuando no hemos dado muestras de conversión, de sinceridad, ni hemos demostrado que somos verdaderos hijos suyos?
En nuestro paso por el mundo nos preocupamos por el presente, por las cosas de todos los días,  pero es también aquí donde debemos prepararnos para el mañana, para nuestro paso a la eternidad. ¿De qué manera? Amando y respetando a Dios, conociéndole y sirviéndole con nuestra obediencia, aprovechando los momentos que alimentan el espíritu.
Las cosas de este mundo, siempre nuevas, nos pueden asombrar, fascinar, y dar comodidad, pero nunca serán suficientes para saciar el alma. Nos podrán entretener y ser muy útiles,  pero no nos llenarán.  El espíritu solamente lo saciamos con los bienes espirituales, y el mayor de todos es el Pan de Vida. Quien realmente nos satisface es Dios, por eso siempre debemos buscar conocerle.
Las cosas de este mundo no nos servirán en la vida eterna, pero en cambio nuestro amor por Dios, la fe,  será lo único que nos acompañará y por ella seremos acreditados  ante el Señor para finalmente vivir a su lado.  

Dios se complace en sus hijos cuando le pedimos algo, es signo de humildad y confianza, pero por lo general hay algo que no pedimos con demasiada frecuencia: “Señor, que nunca me falte el hambre de ti”,  “que mis preocupaciones no me lleven a ignorarte, o mis cruces a reprocharte”. Pidamos siempre al Señor  el poder apreciar las muestras de su amor que nos da a lo largo de nuestra vida y que su bondad nos mueva a reconocer que lo que realmente nos alimenta es su persona y su palabra, la cercanía que podemos mantener con Él viviendo a plenitud nuestras eucaristías.
No busquemos a Dios con intereses terrenos, mundanos, porque un cristianismo vivido así, que espera ser recompensado, que busca al Señor  para pedir ese “pan” que sustenta su vida (diversión, bienestar, desahogo, bienes...), resultará decepcionante en el presente y terrible en el mañana. El que tiene todo lo que quiere, en algún momento se siente solo, pero quien tiene a Dios consigo, lo tiene todo.

   Busquemos estar verdaderamente unidos a Dios por medio del alimento de su cuerpo, para después expresar ese  amor  y esa hambre del Señor a nuestro prójimo con nuestras  obras.     
  


miércoles, 1 de agosto de 2012

Reflexiones del Padre Alberto




DOMINGO XVII ORDINARIO. 
(29 de Julio de 2012)
Jn. 6, 1-15.
La multiplicación de los panes.

Hoy como cada domingo, hemos sentido la alegre necesidad de compartir nuestro tiempo con el Señor, quien se entrega a nosotros por medio de su Palabra y con su Cuerpo para fortalecernos en la fe. Su mensaje nos habla del compartir, que es el camino por el cual Dios se manifiesta a sus fieles.

El evangelio nos presenta uno de los milagros más conocidos de Jesús, la multiplicación de los panes;  al desembarcar en el lago de Galilea, buscando un momento de privacidad con los apóstoles, Jesús se encuentra con una multitud de personas que lo asedian; ante lo que contempla, Jesús se compadece y se queda con todos aquellos hombres y mujeres, les escucha, les aconseja, les predica sin prisa alguna y pasa el tiempo; llega la tarde y nadie tiene intención de marcharse, a pesar del hambre que todos han empezado a sentir. Entonces Jesús realiza el milagro; con cinco panes y dos pescados, la pequeña provisión que un niño ofrece, es posible dar de comer a aquella multitud hambrienta. Fue una tarde feliz para los presentes, tuvieron la oportunidad de estar cerca del Maestro y de contemplar un milagro.

Un modelo para nuestra vida de fe. La multiplicación de los panes es uno de los pasajes más aleccionadores del ministerio de Jesús, ya que en él tenemos un ejemplo de lo que debe ser nuestra relación con el Señor, pues en él apreciamos  la bondad de Dios unida a la generosidad del hombre. Los frutos del cristiano son visibles cuando damos al Señor lo que somos y tenemos.
Jesús vio a lo largo de su vida, a todos aquellos que le buscaban, le asediaban, le perseguían en busca de un favor suyo; conoció a un militar que le pedía solamente una palabra suya para que sanase su criado enfermo, se conmovió con una mujer pagana que imploraba una migaja de su misericordia, como los perritos que comen lo que cae de la mesa de sus amos; conoció a curiosos, malintencionados, faltos de fe; conoció la necesidad y angustia de enfermos y pecadores, y a todos recibía, remediando sus males, porque Dios, que es misericordia sin límites, es incapaz de negarse a quien le solicita su ayuda. Dios hizo milagros admirables con los cuales ganó gran fama. Pero el milagro de la multiplicación de los panes es único porque en él está presente junto a la voluntad benefactora de Dios la participación del hombre; en la multiplicación de los panes, no es el hombre necesitado el que pide, sino el que da, y el papel de Dios es multiplicar lo que recibe.
En estos días nos parecemos mucho a aquellas multitudes que buscaban incansables a Jesús, que le impedían descansar y convivir con los suyos. Para Dios siempre tenemos peticiones, súplicas, demandas, que nos dé luz para caminar seguros, paz para descansar, sabiduría para elegir y opinar sensatamente, bienestar y salud, y compasivo como es, siempre nos escucha y atiende; pero nosotros ¿qué le damos a Dios?, ¿qué aportamos para que Dios lleve a cabo la gracia que le solicitamos? En el evangelio, aquel niño dio lo que tenía para sí mismo; más de cinco mil hombres y mujeres esperaban una acción de Jesús a favor suyo, pero solamente un niño tuvo el gesto propicio, la generosidad.

¿Qué es la generosidad? La generosidad es la capacidad para dar lo propio a los demás; no significa dar mucho, sino dar lo que se tiene. Dios no pone su atención en cantidades ni cifras, sino en la sinceridad del corazón. Sentado en el templo, Jesús veía a personas pudientes que hacían grandes ofrendas, pero le conmovieron más  las dos monedas de una viuda, unos daban lo que les sobraba, y la viuda, de lo que necesitaba. En la ciudad de Sarepta, Elías pidió de comer a una viuda que solo tenía para ella y su hijo, un poco de harina, apenas para cocer  un pan, el cual humildemente ofreció al profeta, y luego de eso, en su hogar jamás se agotó la harina ni el aceite, (1 Re. 17, 7-16). Cuando nosotros damos lo nuestro a los demás, Dios nos retribuye al doble lo que hemos obsequiado. La generosidad sincera, es sembrar bondad, amor, respeto y Dios a su tiempo, nos dará una gran cosecha.
Nosotros solemos pedir mucho a Dios, es uno de los privilegios del creyente, confiarse al Señor, quien se complace con  nuestra humildad y confianza al solicitarle su intervención en nuestra vida, pero nunca debemos olvidar que también debemos colaborar con Él para vernos favorecidos.
Jesús nos enseña hoy que toda acción de Dios requiere la participación de la persona. Que no debemos  permanecer en  una actitud pasiva, esperando que Él actúe, que nos dé, que nos premie, que nos reconozca. Dios se manifiesta cuando nosotros nos entregamos.
 En estos días  nos quejamos de muchas cosas que pasan,  males que van creciendo,  de sucesos  lamentables. Y no podemos hacerle responsable de los acontecimientos de la sociedad, del mundo, ni de nuestra situación personal,  si nosotros no hemos puesto nuestra parte en solucionarlos. Dios no puede multiplicar lo que nosotros no compartimos. Dios no puede darnos dos panes si primero nosotros no le entregamos uno. Si no somos generosos. “Comerán todos y sobrará”, (2 Re. 4, 43).

“Ni doscientos denarios de pan bastarían…”. Es la expresión de los apóstoles que todavía no han aprendido lo que puede hacer Dios cuando somos generosos. El esperar todo de Dios y descuidar la parte que nos corresponde nos conduce a dañar esa imagen positiva de Él que todos estamos llamados a dar, y nos encamina a insatisfacciones. Si deseamos que Dios actúe cumpliendo al pie de la letra cuanto deseamos, olvidando que Él procede según su sabiduría y la conveniencia del bien solicitado, nuestra vida se puede volver una eterna insatisfacción, un conflicto continuo.  Podemos, por ejemplo,  esperar mucho de nuestros padres, que nos consientan, que nos comprendan, que nos faciliten las cosas, que nos otorguen todos los permisos del mundo y para cualquier cosa, y nos sentimos muy contentos cuando de parte de ellos obtenemos lo que necesitamos o queremos. Pero cuando no sucede así, es porque de no hemos dado lo suficiente para merecerlo, o no es el momento apropiado. Nunca olvidemos que para recibir primero tenemos que dar. No tenemos derecho a pedir nada si antes no hemos practicado la obediencia, o mejor todavía, el servicio. Servir es ayudar sin que nos  tengan que invitar a ellos, es como ese niño del evangelio, ver una necesidad y prestar nuestra ayuda. Aquellas parejas que tienen conflictos solo miran los errores del compañero, y se reclaman, se reprochan sus faltas, pero ninguna pone un poco de generosidad para que se dé el milagro de la paz.

Como humanos, como hermanos, como familia podemos crecer mucho, ser más unidos, realizar el milagro de la multiplicación de la paz, de la cordialidad, del amor, si dejamos nuestras reservas y nos entregamos a los demás, como lo hiciera este niño con sus panes y pescados.
Cuánto bien hace en ocasiones que ofrezcamos una sonrisa, donde solo hay caras serias. La alegría donde hay tensión, la confianza que pone una persona donde solo hay recelo. O tal vez callar y no hacer ningún comentario que pudiera encender los ánimos. Cuánto bien hace saber pedir perdón por nuestros errores. Cuando somos generosos al compartirnos con los demás, nuestras relaciones toman fuerza. Aquella tarde Jesús miró con mucho amor a aquel muchachito que dio lo suyo para los demás.
 Cuando somos generosos con Dios y realmente le compartimos nuestro corazón, antes que pedirle y demandarle nuestras necesidades, antes de exponerle el clásico trato: “Te prometo, Señor…”, se fortalece nuestra Fe con Él. ¿Quién es el que cree más y mejor en Dios? El que lo ama por lo que es, y no por lo que puede dar.
Al Señor le descubrimos gracias a nuestra generosidad, al llenarnos de alegría cuando vemos lo que puede hacer cuando nos entregamos a sus planes.
Aquellas personas que piensan que la Fe debe tener un uso práctico, una utilidad, como la escuela, el trabajo, el ejercicio físico, nunca conocerán realmente a Dios. Su mundo sus límites estarán en lo material. Nunca sabrán lo que es  el gozo de la intimidad con Dios, de la paz, la tranquilidad que nos da su presencia. La satisfacción de que hacemos algo útil para nosotros al cultivar una relación con Dios. No por  lo que nos puede dar materialmente (que nunca deja de darnos, de proveernos) sino por la alegría que nosotros podemos darle a Él con nuestra fidelidad.
 No hay regalo más hermoso para unos padres, que ver a sus hijos corresponderles con amor, respeto y gratitud todos los cuidados y obligaciones que tuvieron con ellos de pequeños. Los buenos hijos, aunque crecen muy rápido y  hacen sus vidas, nunca se van, siempre están presentes, pendientes, ayudando, disfrutando de su primera familia, donde aprendieron a amar, a ser agradecidos.
Dios también tiene una opinión favorable para quienes dan lo suyo a los demás; la persona generosa  nunca carecerá de nada, porque Dios le bendecirá siempre; si somos generosos en padecer, Dios nos hará fuertes; si somos honestos en cumplir sus leyes, nos hará admirables ante los demás; si damos de lo nuestro, nuestros bolsillos nunca estarán vacíos.

El Señor mira con gran amor a sus hijos, por el pecador siente compasión y urgencia por tenerlo junto a Él; por el necesitado siente la obligación de ayudarle, y con el generoso, se alegra porque gracias a él puede hacer muchos milagros.
Dios siempre nos socorrerá, siempre nos dará, pero nos puede dar mucho más, cuando nosotros aportamos lo nuestro.
El orgullo del creyente no debe ser el sentirnos bendecidos por Dios, sino el saber que colaboramos con Él y que gracias a nosotros puede actuar y compartirnos sus bienes.

Este milagro debe movernos a la reflexión sobre nuestro seguimiento y fidelidad al Señor. ¿Sabemos permanecer a su lado? ¿O sólo lo visitamos cuando necesitamos su ayuda? Pidamos a Dios que nos ayude a ser fieles, agradecidos y generosos con su persona, y así poder darle la oportunidad de llevar a cabo infinidad de milagros.

martes, 24 de julio de 2012

Reflexiones del Padre Alberto

P. Alberto Melendrez




DOMINGO XVI ORDINARIO.
(22 de Julio de 2012)

Mt. 6, 30-34.

“Andaban como ovejas sin pastor”.

Un domingo más el Señor nos recibe en su casa, complacido por nuestra fe, que nos recuerda el compromiso de agradecer directamente, los bienes que de su parte recibimos a diario. En este día el mensaje de Dios nos propone algo: que reconozcamos la importancia del descanso personal y aprendamos a practicar el descanso cristiano.

En el evangelio tenemos el regreso de la misión de los apóstoles. Ha sido su primera experiencia en el anuncio de la Palabra que han aprendido junto a Jesús; en los lugares donde han estado, han realizado milagros, han hecho curaciones y dado paz a los poseídos de diversos males. Han descubierto que la misión emprendida puesta bajo la custodia de Dios, no necesita ni morral bien abastecido, ni la seguridad de los bienes, solamente la confianza en el Señor. Regresan alegres, deseosos de contar sus experiencias al Maestro, y éste, sabiendo que han hecho largas caminatas, sufriendo sed, hambre, peligros, les propone retirarse a un lugar apartado para escucharles, pero sobre todo, para preguntarles si están dispuestos en un futuro a servir al Señor. Jesús no puede tener este momento de intimidad con los apóstoles, ya que una multitud de personas llega hasta ellos, rompiendo su privacidad. Finalmente, es más grande la misericordia de Jesús, quien conmovido por todos aquellos que le buscan, se queda con ellos y les enseña muchas cosas.

El trabajo humano y el descanso. 
En la sociedad de hoy sucede lo que en el evangelio, movimientos, agitaciones, sobresaltos, prisas; todos tendemos a la productividad, a hacer cosas provechosas, al trabajo. El trabajo es una ley eterna (dada por la sabiduría divina) y universal, un deber de todos. “Si alguno no quiere trabajar, que no coma”, (2 Tes. 3, 10). El trabajo humano es el esfuerzo o empeño por realizar algo bueno para uno mismo y para el prójimo, (el empleo es un trabajo remunerado que nos produce ingresos). “En el trabajo, la persona ejerce y aplica una parte de las capacidades inscritas en su naturaleza”, (CIC. 2428). Jesús, el Hijo de Dios, trabajó manualmente como cualquiera de nosotros, los apóstoles tenían sus oficios con los que ganaban su sustento, hay santos como san José, san Isidro, santa Zita, a quienes recordamos entregados a sus labores. El trabajo dignifica y santifica a la persona, es por tanto un deber de todos. Todos trabajamos, de acuerdo a nuestra edad, capacidades. El cumplir nuestras responsabilidades familiares y sociales es el trabajo de todos.

Todos trabajamos y todos nos cansamos.
El trabajo, la fatiga, produce stress, ansiedad, cansancio físico y moral. Y el cansancio, lo sabemos, se combate descansando para recuperar las fuerzas. En el evangelio, Jesús invita a los apóstoles a descansar. También es una ley de Dios: “Si Dios ‘tomó respiro’ el día séptimo (Ex. 31, 17), también el hombre debe ‘descansar’”, (CIC. 2172).

Una característica de estos días, es que vivimos bajo presión, angustiados, con miedo, a diferencia de épocas pasadas, porque hoy trabajamos mucho, porque vivimos acelerados y no sabemos descansar. Tenemos ideas equivocadas con respecto a él. Llegan las vacaciones y todo mundo corre a las playas, a derrochar en discotecas, fiestas, parrandas, lo que se logró ahorrar durante el año. ¿Eso es descansar? ¿Cometer los excesos que nos reservamos a lo largo del año? Para muchos sí. Vacaciones es lo mismo que acceder a los deseos reprimidos, embriaguez, pereza, olvidarse de las obligaciones diarias. Para muchos eso es el descanso.

El verdadero descanso. 
Hoy Jesús nos enseña que el descanso es para quienes trabajan, para quienes invierten su vigor en un buen fin. Los apóstoles regresan fatigados y es justo que tengan unos momentos de tranquilidad, un espacio para profundizar en la gran experiencia que han vivido. Jesús no les autoriza la holgazanería ni la embriaguez como una forma de esparcimiento, quiere que conversen, que convivan compartiendo los acontecimientos vividos en la misión que han concluido.

Este es el verdadero descanso, el tiempo que se dedica a cultivar las relaciones personales. El tiempo que empleamos para examinarnos y ver cómo va nuestra vida; el tiempo para encontrarnos a nosotros mismos, para darnos cuenta qué necesitamos, qué nos sobra, o qué nos estorba y afecta.

Esa playa que está en nuestra mente como referente de unas vacaciones perfectas, con un mar tranquilo, con una brisa fresca, con arena fina, no siempre es posible. Pero sí podemos encontrar una playa a la hora del amanecer o atardecer, unos momentos de silencio y soledad, donde relajar el corazón y dejar de obsesionarnos con nuestros problemas, con la maldad que cada vez se vuelve más insolente. Unos momentos de profundización en nuestra propia casa, en el templo frente al sagrario, en la celebración de la Misa, que son mejores que hartarse de comida o alcohol hasta quedarnos sin recursos, con la cartera vacía. “La institución del día del Señor contribuye a que todos disfruten del tiempo de descanso y de solaz suficiente que les permita cultivar su vida familiar, cultural, social y religiosa”, (CIC. 2184).

Podemos tener momentos muy gratos con nuestra familia si tratamos de conversar, si hacemos el esfuerzo por sentirnos aliviados de nuestras tareas diarias que nos cansan, si tratamos de ejercitar otras dimensiones de nuestra naturaleza. Somos seres aptos para el trabajo, sí, pero también tenemos la capacidad de amar y hacernos querer aún más por los nuestros. Tenemos la capacidad para contemplar la naturaleza, para cultivar un arte, practicar un deporte, leer un buen libro tranquilamente, disfrutar una película. Muchos no sabemos descansar porque nos hemos vuelto adictos al trabajo, a las prisas.

Las vacaciones, el descanso, es el tiempo para recuperar fuerzas, para reparar el desgaste emocional. Para equilibrarnos, no para alterarnos aún más y perdernos en cosas que pudieran parecer muy atractivas, pero que en el fondo no son tan buenas.

Aprender a descansar. 
Tenemos que aprender a descansar. Descansar cuerpo y mente es fácil, mediante la reducción de nuestras actividades físicas, mediante la comunicación interpersonal. Pero hay otros tipos de descanso que no practicamos, y que nos sería muy útil hacerlo, el primero de ellos, descansar de las apariencias. Dejar a un lado la imagen que damos a los demás, de eficiencia, de prontitud, de inteligencia, que nos funciona muy bien en ocasiones, que nos da prestigio ante los demás; descansar de las apariencias es practicar la humildad, reconocer que somos pequeños y que requerimos la ayuda de los demás en cierto momento; es reconocer que nuestro interior se fatiga con ese traje pesado que es nuestra imagen ante los demás. ¿Para qué aparentar lo que no somos? Esas deberían ser nuestras vacaciones, reconocernos como somos.

Debemos también aprender a descansar de nuestra autosuficiencia, de nuestra falta de tiempo para Dios. Poner pretextos, el trabajo, la escuela, la casa, que en ocasiones pueden ser tan absorbentes que no nos dejan el tiempo suficiente para convivir con Dios y servirle. Somos bautizados, hijos de Dios, y Él tiene un lugar para nosotros en su casa, donde podemos escuchar su palabra, meditarla, participar de los momentos que nos ofrece nuestra Iglesia con el Señor.

Si conocemos a Dios, si Él nos conoce también, entonces no debemos ser creyentes “de ocasión”, presentes en el Templo en la boda o el bautizo de alguien cercano.

Muy valioso es también aprender a descansar de nuestras preocupaciones; nos agobiamos demasiado con nuestros problemas, nos impacientamos con los contratiempos que se nos presentan, nos desesperamos con nuestras pequeñas cruces, olvidando la confianza en la providencia de Dios, en la sabiduría que nos comparte para seguir caminando hacia adelante,

“Marta, te preocupas y agitas por muchas cosas, y hay necesidad de una sola…”, (Lc. 10, 41-42), confiar en el Señor. ¿Sabemos darle un poco de descanso a nuestros problemas, preocupaciones? ¿A nuestras tristezas, amarguras? ¿Sabemos dejar guardados nuestros rencores, envidias, resentimientos? ¿O los atesoramos, los multiplicamos y los lucimos como si fueran joyas valiosas?

El descanso cristiano. 
Hay otro descanso que no practicamos y que es fundamental para nuestras buenas relaciones. Es el descanso que Jesús nos enseña en el Evangelio, dar descanso a los demás. Dar al prójimo la paz que requiere. El entregarse a los demás de corazón.

En la lectura, pudiendo Jesús marcharse, ocultarse, despedir a todos y quedarse a convivir con los suyos, a escuchar esas anécdotas tan agradables que han tenido estos hombres, no despide a la multitud que lo reclama, los atiende, les da consuelo, los escucha y les “enseña muchas cosas”. ¿Sabemos nosotros darle descanso a los demás? A nuestra madre que ha trabajado todo el día en casa y nunca le es suficiente el tiempo para tener el hogar impecable como ella quisiera, ¿o todo el día la agobiamos con nuestros problemas, discusiones, comentarios “esto no me gusta”, con nuestro comportamiento caprichoso, voluntarioso? ¿Sabemos darle el descanso que merece nuestra pareja o la ponemos de mal humor al llegar a casa alterados por lo que hemos vivido en el día? ¿Sabemos dar un poco de descanso a los hermanos, conviviendo tranquilamente con ellos, o todo el día lo pasamos fastidiándolos? ¿Sabemos dar descanso a nuestros allegados callando aquel comentario ofensivo, que pudiera sembrar dudas en su persona, o despertar resentimientos hacia alguien más?

Hoy que se habla tanto de la autoestima, del aprecio y cuidado que debemos poner en nuestra persona, hemos llegados a extremos egoístas de pensar solo en nuestro bien. Pero la caridad cristiana, con el ejemplo de Jesús, nos dice que siempre habrá alguien que necesite un poco más aquello que demandamos: paz, consuelo, compañía; a pesar de nuestros argumentos, crisis, fatigas, una buena manera de descansar es haciendo algo por los demás, y también, compartiendo lo que somos con los nuestros, crecer en la unidad a través de la apertura ¿cuánto tiempo hace que no nos decimos que nos queremos? Porque a pesar de nuestros problemas y diferencias, en el fondo sentimos cariño por quienes nos rodean.

Pidamos a Dios que nos enseñe a descansar, descansar verdaderamente, para lo cual no hay necesidad de hacer grandes gastos ni viajes, simplemente convivir, apreciarnos, ser más pacíficos y más hermanos, como Jesús hoy nos ha enseñado.

El director escribe...





P. Martín Peralta 
(Director de los proyectos "Comunidad de FE")



Muchos se angustian por problemas que, en su mayoría, nunca llegan a hacerse realidad. Sufren con anticipación, pensando e imaginando cosas que pudieran suceder. La mayoría de nuestras preocupaciones se deben a la falta de confianza en Dios.

Un hacendado fue a la ciudad y le preguntó al dueño de un restaurante si podía utilizar un millón de piernas de sapos. El dueño del restaurante quedó asustado y quiso saber dónde pretendía el hacendado conseguir tantas piernas de sapos. El hacendado le respondió: Cerca de mi casa hay un pequeño lago que está invadido e infestado de esos bichos. Son millares y hacen un barullo infernal, croando toda la noche. ¡Me estoy volviendo loco!

Quedó decidido, entonces, que el hombre le traería quinientos sapos por semana, durante algún tiempo. En la primera semana, el hacendado volvió al restaurante un poco avergonzado, pues traía en sus manos dos sapos. El comerciante le preguntó: ¿Dónde está mi pedido?

El hombre respondió: Yo estaba totalmente engañado. ¡Había solo estos dos pequeños sapos en el lago! Ellos solos son los que hacían todo el barullo.

La próxima vez que alguien te critique o se ría de ti, acuérdate de que no son miles de sapos los que hacen todo el barullo, sino apenas dos sapitos. Mientras dos critican y ríen, cientos te apoyan y animan.

Acuérdate de que las angustias y los problemas parecen mayores en la oscuridad. Hay una posibilidad muy grande de que, cuando llegue mañana y lo pienses mejor, el problema habrá disminuido su importancia o habrá desaparecido, quedando en su lugar un asunto de fácil solución.

Lo mejor es dejar las preocupaciones en las manos de Dios. Ten hoy un día feliz, sabiendo que Dios está en el control de tu vida.

Pero yo le cantaré a tu poder, y por la mañana alabaré tu amor: porque tú eres mi protector.
Salmo 59:16

El Director escribe...


P. Martín Peralta (Director de
los proyectos "Comunidad de FE"


Una tarde, mientras regresaba de la capital a su casa, el senador John Stennis fue asaltado a mano armada. pesar de que Stennis entregó lo poco de valor que tenía, los asaltantes le dispararon dos veces, pegándole en el estómago y en la pierna. Los cirujanos del Centro Médico Walter Reed trabajaron más de seis horas para salvarle la vida.


Esa tarde también iba de camino a su casa el senador Mark Hatfield, que había tenido a menudo encontronazos con Stennis. Los dos estaban por completo en desacuerdo en cuanto a la política. Sin embargo, cuando Hatfield oyó en la radio lo que había sucedido, de inmediato se dirigió al hospital en su coche. Ya ahí, se percató con rapidez de que el personal del commutador estaba sobrecargado con las llamadas de los otros senadores, los reporteros y los amigos de Stennis. Le dijo a un operador: Sé cómo utilizar uno de estos equipos, déjeme ayudarlo. Lo ayudó a atender los teléfonos hasta el anochecer, cuando las llamadas disminuyeron. Luego, sin fanfarronear y calladamente, se presentó mientras se iba.


Mi nombre es Hatfield… estoy encantado de haber podido ayudarle en algo que concierne a un hombre al cual respeto profundamente.

Grandeza quiere decir estar libre de pequeñez, rencor, venganzas y prejuicios. Significa cuidado internacional, ayudar con modestia.

1 Samuel 16:7
Dios no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Dios mira el corazón.